Odio mi habitación. Siempre lo he hecho pero nunca me había dado cuenta de ello.
No es que odie mi habitación por ser pequeña o fea. Son cuatro paredes pintadas con colores bonitos, hay que admitir que no es muy grande, pero es espaciosa. En la habitación caben cientos de cosas, desde videoconsolas de última generación a ordenadores fijos y ordenadores portátiles. Hay un armario grande lleno de ropa, un despertador, cables, pósteres, relojes, trofeos, jarras de cerveza robadas a modos de trofeo, recuerdos en una copa, estanterías llenas de libros, vistas al parque...
Pero detesto el techo. 23 años después ese puto techo sigue como al principio. No ha cambiado ni un ápice, sigue mirándome impasible desde las alturas. Observa pacientemente cómo me marchito poco a poco. No cambia su expresión. Analiza minuciosamente cada uno de mis movimientos y se para a esperar.
Tengo que admitir que yo también lo he observado a él muchas veces. Muchísimas. Demasiadas. Lo he hecho con fuerza, con odio, con lágrimas en los ojos, con frustración. Sin embargo, lo hiciera como lo hiciera, las manchas de gotelé seguían mareándome creando formas inverosímiles. En esas manchas he visto escenas dantescas, caras que no existen, respuestas que nunca he terminado de encontrar... En realidad, por mucho que las buscase, las respuestas nunca han estado ahí. No han estado en ningún sitio.
Mi habitación es un sitio húmedo, cálido, asfixiante. Dentro de ella he llorado, he sufrido arrebatos de sinceridad de mi pareja (ex), he tenido poemas y retratos colgados, he odiado a ese puto techo que siempre estaba ahí cuando sufría o cuando tenia sexo.
Hace tiempo que no duermo en mi cuarto por las noches, es un lugar inhabitable. Prefiero dormir en el sofá antes que en mi cama. Seguramente dormiría antes en el suelo del jardín que en la cama de mi habitación. Definitivamente en ese puto infierno no se puede vivir.
Quizá es por eso que todo lo que ella me regaló lleva dos años escondido en el baúl negro de la pared.