viernes, 26 de agosto de 2016

El techo de mi habitación

Odio mi habitación. Siempre lo he hecho pero nunca me había dado cuenta de ello.

No es que odie mi habitación por ser pequeña o fea. Son cuatro paredes pintadas con colores bonitos, hay que admitir que no es muy grande, pero es espaciosa. En la habitación caben cientos de cosas, desde videoconsolas de última generación a ordenadores fijos y ordenadores portátiles. Hay un armario grande lleno de ropa, un despertador, cables, pósteres, relojes, trofeos, jarras de cerveza robadas a modos de trofeo, recuerdos en una copa, estanterías llenas de libros, vistas al parque...

Pero detesto el techo. 23 años después ese puto techo sigue como al principio. No ha cambiado ni un ápice, sigue mirándome impasible desde las alturas. Observa pacientemente cómo me marchito poco a poco. No cambia su expresión. Analiza minuciosamente cada uno de mis movimientos y se para a esperar.

Tengo que admitir que yo también lo he observado a él muchas veces. Muchísimas. Demasiadas. Lo he hecho con fuerza, con odio, con lágrimas en los ojos, con frustración. Sin embargo, lo hiciera como lo hiciera, las manchas de gotelé seguían mareándome creando formas inverosímiles. En esas manchas he visto escenas dantescas, caras que no existen, respuestas que nunca he terminado de encontrar... En realidad, por mucho que las buscase, las respuestas nunca han estado ahí. No han estado en ningún sitio.

Mi habitación es un sitio húmedo, cálido, asfixiante. Dentro de ella he llorado, he sufrido arrebatos de sinceridad de mi pareja (ex), he tenido poemas y retratos colgados, he odiado a ese puto techo que siempre estaba ahí cuando sufría o cuando tenia sexo.

Hace tiempo que no duermo en mi cuarto por las noches, es un lugar inhabitable. Prefiero dormir en el sofá antes que en mi cama. Seguramente dormiría antes en el suelo del jardín que en la cama de mi habitación. Definitivamente en ese puto infierno no se puede vivir.

Quizá es por eso que todo lo que ella me regaló lleva dos años escondido en el baúl negro de la pared.

Quépasup

Son las cuatro de la mañana de un
viernes. O del sábado. Nunca me aclararé. Ella está en línea. Él está en línea. La espalda se tuerce en la cama y piensas en esa chepa, esa chepa que no tardará en salir.

Sudas, te pica el cuerpo, el colchón se hunde, estás incómodo y -como siempre- el nudo de la garganta impide la respiración.
No sabes qué escribirle, tampoco si se están escribiendo. Sabes que no puedes hacerlo. Joder, en realidad no sabes nada de lo que está ocurriendo.

Escuchas ronquidos, sonidos de uñas arañando brazos, teléfonos que se caen. El ventilador no deja de girar y el puto techo sigue teniendo el mismo color blanco de siempre.

Encender, borrar, borrar todo. Lo volverás a hacer en poco tiempo. Borras porque tu obsesión puede más que tu fuerza de voluntad. Puedes borrar todo lo que quieras que tendrás que volver a hacerlo.
Creo que nunca me voy a desenganchar de esta droga.

Espero no haber terminado de perder la cabeza.

P.D: Perdóname CB porque he reescrito muchas veces esta porquería.

Etéreo

Las horas pesan y la espalda -con el paso del tiempo- se tuerce en la cama cada vez más.

Quiero escribir pero no encuentro inspiración.
Quiero escribir sobre el futuro, sobre el presente, sobre mis vivencias. Escribir y convertirlo todo en novela, en verso. Escribirlo bonito, escribirlo escueto.
Quiero rimarlo, quiero hacerlo libre, quiero ser constante.
Quiero escribir algo que me llene por dentro, quiero desahogarme, quiero explicar sin detallar cada uno de mis sentimientos.
Quiero escribir sobre mi profesión, sobre sus dificultades, sobre las injusticias, sobre el maltrato animal, sobre la polución.
Quiero escribir sobre las amistades, sobre la sociedad, sobre lo absurdo de los complejos, sobre mis relaciones personales. Quiero escribir sobre fútbol. Quiero escribir sobre ella.
Quiero escribir pero no puedo. No me dejo. Quiero escribir pero mi cabeza se nubla. Quiero escribir pero mis dedos se entumecen y mi pecho se angustia.
Quiero escribir pero mis ojos miran al suelo y respiro con pesadez.
Quiero escribirle. Quiero aprovechar el tiempo. Quiero recuperar los recuerdos y plasmarlos en un papel. Quiero que no me den miedo.

Quiero hacer muchas cosas pero no sé hacer ninguna.